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lunes, 12 de octubre de 2009

¿Realmente tu eres tu?

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Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada.
Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) Poeta y dramaturgo alemán.

En muchas ocasiones - y desde tiempos inmemoriales - el hombre se ha hecho a sí mismo la misma pregunta: “¿Quién soy yo?”.
La respuesta a ésta pregunta se presta a muchas conjeturas y es material de debates alrededor del mundo.

La ciencia tiene su propia respuesta; la religión tiene otra; la filosofía posee la suya; la metafísica argumenta tener la correcta.
Todo el mundo opina.

Para algunos, las personas son lo que poseen: entre mas riqueza o poder posean, más afianzan su concepto de persona y de individuo y les lleva a pensar que tienen al mundo agarrado por el mango.
Para otros somos un nombre o lo que se ve en el espejo.
Otros argumentan que las personas somos lo que contenemos por dentro: nuestros valores; nuestro espíritu; nuestra alma; nuestro corazón.
Todo lo demás es superfluo.

Cuando nos hemos hecho ésta pregunta a nosotros mismos, es porque nuestra humana naturaleza nos impele a ello, ya que el ser humano siempre está ávido por descubrir el propósito por el cual existe; el porqué de su estadía en la Tierra.
Muy en el fondo todos intuimos que cada uno de nosotros tiene un propósito para su vida y que parte del objetivo de nuestro deambular sobre la Tierra radica en descubrir cual es.

Lo importante es estar consciente de que si nuestra valía se basa en posesiones materiales; prestigio; posición; poder, etc.; entonces estamos sujetos a los avatares de las decisiones de entes externos a nosotros… y sobre los cuales generalmente no tenemos ningún control.

Las posesiones materiales se pueden perder en un instante; el prestigio desaparece… y a veces injustamente debido a las artimañas de nuestros enemigos; la posición en un trabajo o en una sociedad es temporal y se puede perder; y el poder… bueno, creo que no hay que agregar nada al respecto.

Si el concepto que tenemos de nosotros mismos se basa en éste tipo de elementos, al perderlos quedamos sin piso y tendemos a quedar totalmente perdidos y desamparados, al quedar completamente confundidos al desaparecer lo que constituía nuestra valía.

Durante mis 14 años de trabajo conocí a ejecutivos que cuando estaban en la compañía transpiraban un aura de seguridad y de poder que realmente se podía palpar y sentir. Inspiraban respeto.
Su poder se extendía por todo su reino y su palabra era la ley.

Sin embargo a muchos de ellos los conocí en persona fuera de la compañía y me di cuenta de que una vez traspasaban los umbrales de la compañía se convertían en un mortal más.
Gran parte de ellos no saben como desenvolverse en el mundo exterior, ya que fuera de la compañía, a nadie le interesa un comino quienes eran ellos, ni que posición ocupaban dentro del engranaje ejecutivo de su compañía.
Para ellos, eran una persona más.

Ello conducía a que dichas personas abandonaran el concepto de “tener una vida” – familia, consorte, hijos, negocio propio, etc. – para refugiarse en el único lugar donde se sentían alguien; donde realmente pensaban que tenían un propósito: su trabajo y su posición.

Triste es el destino de aquellas personas que basan su ser y su valía en elementos ajenos a su control – como los antes mencionados – ya que carecerán del control y de la influencia necesaria para realmente determinar para que están en éste mundo, ya que otros son los que tomarán esa decisión por ellos.

En otros casos las personas se centran en otros elementos como la familia; la religión; la política; etc., los que al final hacen el mismo daño que centrarse en el trabajo: limitan a la persona y no le permiten ser lo que realmente debería ser.

Quién realmente somos, solamente lo podemos determinar nosotros mismos, y para ello deberíamos tener la sabiduría de darnos a nosotros mismos la libertad de examinar y “ejercitar” cada una de nuestras facetas, de manera que nuestro ser se manifieste de forma integral y no de la manera mutilada que la mayoría de nosotros ostentamos.

Autor: Yohel Amat

viernes, 25 de septiembre de 2009

El foráneo de la semana: “Las Diez Mentiras Clásicas de los Emprendedores”

Las Diez Mentiras Clásicas de los Emprendedores por Guy KawasakiA la hora de tentar a posibles inversores o inversionistas, los emprendedores suelen hacer uso de una imaginación y afirmaciones un tanto alejadas de la realidad.

Las siguientes frases, muy habituales en los emprendedores, no son muy creibles a la hora de tentar a algún inversor o inversionista y no ayudan a conseguir los fondos para financiar a una empresa recién nacida. Si pensaba utilizarlas, mejor olvídelas y busque otras alternativas.

Respecto a las 10 mentiras, Guy Kawasaki menciona en su blog: «Las proporcionamos, no porque creamos que podemos aumentar el nivel de honradez de los emprendedores...» pero «¡Por lo menos las nuevas mentiras indican una pizca de creatividad!»

A continuación las diez mentiras clásicas y una extra de los emprendedores.

1. “Nuestras Proyecciones son Conservadoras.”

Las proyecciones de un emprendedor nunca son conservadoras. En general, como no tiene idea de cuál será su volumen de ventas, arriesga. “Si son pequeñas, el negocio no resultará interesante; si son muy altas, pareceré un alucinado”, reflexiona. El resultado es que las proyecciones de cualquiera son de US$ 50 millones para el cuarto año de operaciones. Como regla general, cuando veo una proyección le agrego un año para que se cumpla y la multiplico por 0,1.

2. “(Importante firma de investigación) dice que nuestro mercado será de US$ 50.000 millones en el año 2010.”

Casi todos los emprendedores preparan diapositivas con el fin de mostrar que el potencial de mercado para su producto es de miles de millones de dólares. No importa si es un software para planificar fiestas de casamiento o conjuntos de chips para redes inalámbricas. Los capitalistas de riesgo no creen en este tipo de previsiones porque escuchan decenas de ellas todos los días.

3. “(Nombre de una gran compañía) aprobará una orden de compra de nuestro producto la semana próxima.”

Esta mentira suena a “me dijeron que tengo que mostrar logros”. Lo cierto es que la orden de compra no se aprueba en la semana indicada, y tampoco en la siguiente. La persona que debía tomar esa decisión fue despedida o hubo un desastre natural; algo pasó. Ningún inversor caerá en la trampa, razón por la cual sólo hay que jugar esta carta una vez que la orden de compra haya sido firmada.

4. “Hay personas clave dispuestas a sumarse a nuestras filas ni bien consigamos los fondos.”

Con frecuencia, cuando un capitalista de riesgo llama a esas personas clave, que son vicepresidentes de Microsoft, Oracle, Sun y otras empresas líderes, la respuesta que obtiene es: “¿Quién dijo eso? Recuerdo que nos encontramos en el Club Churchill, pero nunca le dije que resignaría los US$ 250.000 anuales que me paga Adobe para sumarme a su emprendimiento”. Si es verdad que hay empleados clave, listos para empezar a trabajar de inmediato, pídales que llamen al inversor y asegúrese de que confirmen lo que usted dice.

5. “Nadie hace lo que estamos haciendo.”

Esta mentira es penosa, sobre todo porque hay sólo dos conclusiones lógicas. Primera, nadie más lo está haciendo porque no hay mercado para tal cosa. Segunda, el emprendedor está tan despistado que ni siquiera puede descubrir si tiene competencia. Como regla general, si usted tiene una buena idea, hay cinco empresas que van en la misma dirección. Y si tiene una gran idea, son 15 las compañías que la están llevando a la práctica.

6. “Nadie puede hacer lo que estamos haciendo.”

Si hay algo peor que la falta de mercado y la ingenuidad, ese algo es la arrogancia. Nadie más puede hacer eso hasta que una compañía lo haga, y aparecerán 10 más en los próximos 90 días. Un emprendedor se engaña si piensa que tiene el monopolio del conocimiento. El mismo día en que usted diga esta mentira, el capitalista de riesgo habrá encontrado otra compañía que está haciendo lo mismo.

7. “Hay otras firmas de capital de riesgo interesadas.”

En todo el mundo hay apenas un centenar de emprendedores que pueden afirmar eso sin mentir. Como decía mi madre, “nunca juegues a la ruleta rusa con una ametralladora”. Para unos pocos elegidos existe la competencia por un negocio, y esos pocos están en condiciones de asustar a los inversores a fin de que se decidan. Pero el resto de los mortales no puede darse ese lujo. Muchas veces, los emprendedores escuchan “puede ser” cuando los capitalistas de riesgo dicen “no”.

8. “Oracle es demasiado grande/ tonta/lenta para ser competencia.”

Larry Ellison tiene su jet particular. Puede hacer que el aeropuerto de San José permanezca abierto hasta que aterrice. Su yate es tan grande que apenas pasa por debajo del Golden Gate. Mientras tanto, un emprendedor vuela desde Oakland por Southwest y se roba los maníes que le regalan en el vuelo. Hay una razón por la cual Larry está donde está, y por la cual un emprendedor está donde está. Competir con Oracle, Microsoft y otras grandes empresas es muy difícil. Los emprendedores que dicen esta mentira parecen, para decirlo suavemente, inocentes. Usted puede pensar que es una osadía, pero los capitalistas de riesgo pensarán que es una estupidez.

9. “Tenemos un equipo gerencial experimentado.”

¿Lo dice porque el fundador trabajó en Morgan Stanley un verano, o dos años en McKinsey? Verdaderamente “experimentado”, a los ojos de un capitalista de riesgo, es el fundador de una empresa que devolvió miles de millones a sus inversores. Pero, si el emprendedor fuera tan experimentado, probablemente:

  • (a) no estaría pidiendo dinero,

  • (b) no diría que es experimentado.

Una estrategia mejor sería decir que el fundador:

  • (a) tiene experiencia en la industria,

  • (b) que hará todo lo posible para tener éxito,

  • (c) que se rodeará de directores y asesores con experiencia, y

  • (d) que dará un paso al costado cuando sea necesario.

10. “Las patentes nos permiten defender nuestro producto.”

En una presentación, la palabra “patente” debe usarse una vez. Por ejemplo: “Tenemos patentes para lo que estamos haciendo”. Suficiente. La segunda vez que la pronuncie, el capitalista de riesgo empezará a sospechar que usted depende demasiado de las patentes como arma de defensa. Y la tercera vez verá una señal sobre su cabeza que anuncia: “Estoy desorientado”. Sin duda, es importante que usted patente lo que está haciendo, aunque más no sea para decirlo una vez en su presentación. Pero las patentes sólo sirven para impresionar a sus padres. No tendrá tiempo ni dinero para litigar con alguien cuyo bolsillo sea lo suficientemente profundo como para que valga la pena litigar.

11. “Sólo tenemos que captar el 1 por ciento del mercado.”

Esta mentira es la otra cara de “el mercado será de US$ 50.000 millones”. Y plantea dos problemas: ningún inversor está interesado en una compañía que sólo aspira al 1 por ciento del mercado, y tampoco es fácil obtener el 1 por ciento de algún mercado. En general, es mucho mejor que los emprendedores muestren una apreciación realista sobre la dificultad de construir una compañía exitosa.

Autor: Guy Kawasaki

Artículo original: http://www.deganadores.com/index.php?option=com_content&view=article&id=243%3Alas-diez-mentiras-clasicas-de-los-emprendedores&catid=33%3Aarticulos-dg&Itemid=5
Fuente Original: Blog de Guy Kawasaki, Título en inglés: The Top Ten Lies of Entrepreneurs

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lunes, 14 de septiembre de 2009

“Déjalo ir”

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Cuando un tonto va cuesta abajo déjalo, que su camino lleva. – Proverbio español

En reiteradas ocasiones hemos predicado en el presente blog las virtudes de la persistencia; clave esencial para alcanzar nuestras metas y objetivos.

Sin embargo, hay una sutil diferencia entre persistencia y terquedad; siendo la primera deseable y debiendo repudiar la segunda.

Persistencia: Insistencia, firmeza, empeño en la ejecución de algo.

Terquedad: Porfía, obstinación, tenacidad excesiva.

La insistencia y la firmeza son valiosas; la obstinación y el exceso de tenacidad son lastres en nuestro andar.

En ocasión pasada me tocó trabajar en un proyecto empresarial con dos personas más con las cuales pensé que tenía objetivos y puntos de vista en común.

Al inicio todo iba bien, pero conforme las cosas se iban desarrollando fueron saliendo a flote las aristas que denotaban que había tomado una mala decisión.

Como siempre he predicado que uno no se debe rendir ante los obstáculos y que hay que persistir, traté – por medio de infinitas reuniones y conversaciones – de hacer del conocimiento de todos que el camino que estábamos siguiendo era erróneo; tratando con ello de lograr un cambio de paradigmas que nos permitiera desarrollar el proyecto en el que estábamos inmersos.

Sin embargo luego de penosos incidentes donde tuve que dar la cara ante los clientes solo - ya que mis otros dos socios estaban cada uno por su lado – tuve que llegar al convencimiento de que nunca iba a lograr los cambios necesarios para enrumbar la compañía por derroteros de éxito.
Todo ello era debido a que lo que era importante para mí – atención de primera a los clientes; planificación; dedicación a la compañía; etc. - era nimio para ellos.

Pude seguir pensando que los triunfadores nunca se rinden y que debía seguir insistiendo… pero llegó un momento donde una epifanía divina me enseñó que estaba simplemente tratando de resucitar un muerto.
Ese día aprendí en carne propia la diferencia entre persistir y entre actuar con terquedad: la primera se aplica a causas que tienen futuro; mientras que la segunda generalmente aplica a las causas perdidas, pero que nos negamos a aceptar como tal.

Yo no tenía ningún control sobre la situación, ya que siendo todos socios no se podía trazar una línea y exigir resultados.
Habíamos muchos jefes y pocos indios. Craso error.

Si quieren saber más sobre lo que aprendí de esa experiencia vean el enlace http://yohelyav.blogspot.com/2009/06/ojo-precauciones-que-hay-que-tomar.html.

Hay que desarrollar el instinto y el arte de determinar que batallas merecen ser peleadas, y cuales ameritan una retirada estratégica, antes que las circunstancias hagan una masacre con nosotros.

La terquedad sólo conduce a la ruina y al fracaso, ya que enturbia nuestro criterio y visión; además nos lleva directamente al desastre.

Ahora que ha pasado el tiempo cuando volteo a ver hacia atrás me horrorizo ante todo el tiempo; esperanzas; ilusiones y recursos que invertí en una causa que estaba perdida desde su génesis, a causa de mi propia miopía.

“No hay peor ciego que el que no quiere ver” – Proverbio español

Autor: Yohel Amat

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La ilusión del cliente fiel

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"Una idiotez común es creer que el que tiene más clientes es el más hábil." - Denis Diderot

Hay una realidad de a puño que muchas empresas pasan por alto o que prefieren ignorar: los clientes son los seres mas infieles y volátiles que hay.

A un cliente no le importan ni la compañía; ni sus productos; ni menos les importan las personas que laboran en la misma.
Lo único que les interesa es satisfacer sus necesidades y mejorar sus vidas al mejor precio posible.

En mi país hay una tienda dedicada a la venta de insumos de computadoras y de todo lo concerniente al mundo de la tecnología y las comunicaciones.
Todo el tiempo que usted vaya a dicha tienda a comprar algo se encontrara con una sola constante: dos filas inmensas – una para hacer los pedidos y otra para pagar – serpenteando por el interior del local, ya que de otra forma habría que continuarla en el exterior del edificio.

Ésta situación se da desde hace rato; y yo por mi parte he decidido no ir más, a menos que sea estrictamente necesario, ya que hacer fila por una hora solo para comprar una caja de CD me parece una pérdida de tiempo.

¿Cual es el secreto de ésta tienda? Sus precios prácticamente son de distribuidor, por lo que con ello se aseguran de tener su local siempre lleno de clientes ávidos de ofertas.

Se nota por la actitud de la tienda que a ellos no les importa mejorar el servicio al cliente y disminuir el tiempo de espera para que los mismos puedan hacer sus compras: lo que les interesa es vender y vender.
Y ello no es malo.

Por ahora no tienen un competidor que ofrezca precios similares, por lo que por ahora pareciera que la casa seguirá “llena” por siempre.

Sin embargo, en cuanto surja un competidor que ofrezca precios similares y un mejor servicio, la aparente fidelidad de sus clientes desaparecerá, ya que si hay algo que le gusta a las personas es que se les atienda bien y se les trate como reyes.

He visto como ésta tienda comenzó en un local minúsculo y sencillo y ahora cuenta con amplias instalaciones y el triple del personal.
Sin embargo están cometiendo el error que cometen muchas empresas al momento de crecer: sus clientes dejan de ser especiales e individuales; y comienzan a parecer una masa de seres amorfos y sin rostros.
Son sólo una fuente de ingresos y más nada.

Por mi parte prefiero ir a otro local cuyos precios son ligeramente más altos, pero te llaman por tu nombre; te dan atención personalizada; creas una relación de amistad con los dependientes y dueños; y te tratan como alguien especial.

Actitudes como esa sí crean lazos de fidelidad con sus clientes, ya que los mismos se sienten valorados como personas y no como bolsas andantes de dinero para que la compañía se sirva.

Creer que nuestros clientes nos serán fieles por siempre, es el primer paso para el desastre, ya que siempre los mismos estarán a la caza de algo mejor… y al mejor precio posible.
Y ello no tiene precio.

Autor: Yohel Amat

domingo, 6 de septiembre de 2009

De como un vendedor incompetente nos puede hacer perder dinero

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Nada se aprende, nada se enseña, sino es por la repetición y el ejercicio. Son necesarios cientos miles de ensayos para aprender lo que se enseña; si por orgullo o pereza nos olvidamos de esta necesidad vital, nuestra ineptitud nos perderá. – Anónimo

En días pasados fuimos a una tienda de una de las compañías de celulares de nuestro país, en busca de información.
Nuestra intención era acompañar a mi hija, ya que ella quiere tomar un contrato que incluyera servicio de “Blackberry”, el último grito de la moda en nuestro medio.

Yo tengo muchas dudas con respecto a como funciona y – principalmente – cuanto cuestan los servicios y bondades que supuestamente este “gadget” ofrece.

Apenas entramos, una dependienta nos abordó y se ofreció a ayudarnos y a asesorarnos.
Confiando en ello, le plantee mis dudas al respecto y de inmediato pude detectar que la joven no tenía las respuestas que estaba esperando.

Tratando de hallar una respuesta a mis dudas, presioné gentilmente a la joven para que me dijera quién era la persona que atendía este tipo de casos, mientras sobre su pecho bailaba una identificación que decía “Asesora”.

A duras penas pude conseguir que nuestra asesora nos señalara a otra dependienta que en ese momento estaba atendiendo a un cliente y tenía una fila de más de cinco personas en espera.
Aparentemente era la única que hacía éste tipo de trámites, mientras que por el local pululaban más jóvenes con sendas identificaciones semejantes a la de la joven que nos atendía.

Tuvimos que soportar una serie de incongruencias – como por ejemplo que teníamos que traer recibo de luz; de agua; y de teléfono (¿Que hacíamos si no teníamos teléfono fijo?) – que realmente comenzaron a darme el convencimiento de que estábamos perdiendo miserablemente nuestro tiempo.

De más está decirles que salimos de allí sin cerrar ningún trato y hasta el día de hoy no hemos sacado el tiempo para volverlo a intentar.

Ésta anécdota me hizo meditar con respecto al grave daño que muchas de las personas que trabajan en una parte tan sensitiva como la atención al público, le causan a sus empresas… y a sí mismos.

Algunos me han comentado que no se puede esperar algo mejor, ya que generalmente este tipo de personal está mal pagado y por ello no actúan con profesionalismo.

Ese tipo de teoría – de ser cierta – me revela que en éste tipo de situaciones tanto la compañía, como el empleado de marras actúan con negligencia: la primera por no capacitar correctamente a su personal de ventas; y el segundo por aceptar un salario que no llena sus expectativas, para luego vivir renegando por lo poco que gana.

La parte más afectada es la compañía, ya que está perdiendo imagen ante muchos clientes, y ventas; que de haber sido manejadas por personal calificado se hubieran cerrado.
Las empresas deben diseñar un sistema que monitoree la calidad de la atención que sus funcionarios están brindando, ya que los daños causados por éste tipo de negligencia son enormes.

Por su parte el empleado que actúa bajo el sentimiento de que no gana lo que se merece tiene todo el derecho de no aceptar el trabajo; o de hacer su mejor esfuerzo mientras encuentra otro empleo mejor pagado, ya que una actitud como la de la joven de marras no le va a ayudar mucho en su vida profesional.

Ésta es una situación donde todos perdemos: compañía; vendedor; y principalmente los clientes.

Autor: Yohel Amat

lunes, 17 de agosto de 2009

El hombre que armaba abanicos

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En esta vida algunos hombres nacen mediocres, otros logran mediocridad y a otros la mediocridad les cae encima. - Joseph Heller

En una ocasión en la oficina de mi esposa se dañó un abanico que utilizaban en una oficina donde todavía no habían instalado el aire acondicionado, ya que se acababan de mudar.

Como estábamos en pleno verano, decidí acompañarla a la salida para dirigirnos a un almacén de la localidad y comprar un abanico nuevo.

Al entrar al mismo tuvimos que subir las escaleras ya que el departamento pertinente se encontraba en la segunda planta.

En ese momento reparé en un hombre que en ese momento se encontraba totalmente ensimismado en una tarea que a simple vista parecía su única obsesión: estaba armando abanicos.

Los mismos llegaban en cajetas – totalmente desarmados – y aparentemente el trabajo de este hombre era armarlos para después colocarlos en exhibición para su venta.

El hombre era alto; de complexión gruesa; su rostro reflejaba simpatía y daba un aire de placidez.
Su ropa era sencilla y utilizaba unos zapatos de cuero algo raidos en la punta, pero dignos.
Todo en él rezumaba sencillez.

Me dirigí hacia él y le comenté que estaba interesado en comprar uno de los abanicos.
Para mi sorpresa el hombre me sonrió – algo muy raro entre los vendedores que me encuentro últimamente – y con mucho gusto comenzó a explicarme las bondades de los diferentes modelos.

Por la forma como me atendió pude reparar en que el hombre conocía las artes de la venta y su trato con el público era impecable.

A los 5 minutos ya había elegido el modelo más adecuado para nuestras necesidades y agradeciéndole las atenciones me despedí del hombre que armaba abanicos.
Por supuesto, lo último que vi de él – mientras bajaba las escaleras – fue como abría otra caja y procedía a desparramar las piezas de su siguiente obra maestra.

Pasó mas de un año y en casa se nos dañó el abanico que usamos en la sala.
Fuimos a un centro comercial que nos queda cerca de casa y para nuestra decepción los abanicos disponibles todos eran o de mala calidad o caros.
O peor aún: malos y caros.

Siendo así al día siguiente decidí buscar a mi esposa a la salida de su trabajo y nuevamente decidimos ir al mismo almacén de la ocasión anterior a buscar un buen abanico, tal y como había resultado ser el comprado un año antes.

Para mi sorpresa, al dirigirnos al segundo piso casi tuve la sensación de que el tiempo no había pasado: el hombre que armaba abanicos seguía haciendo exactamente lo mismo.

Aparentemente él no me recordaba, pero por algún extraño efecto de las circunstancias, al verlo en la misma actividad de hace un año recordé todos los detalles de la última compra y reparé en que todo estaba exactamente igual.

Mientras iba camino a casa mi mente trituraba y trituraba una y otra vez los sucesos que acababa de vivir y de repente caí en cuenta en algo: yo también había armado abanicos por 14 años.

No cambies. Evoluciona. – Anónimo

Durante 14 años trabajé en una empresa y durante dicho tiempo me dediqué en cuerpo y alma a cumplir con mi trabajo, creyendo que con ello estaba actuando de buena manera.

Al inicio de mi periplo todas mis actividades eran novedosas y fascinantes.
El cielo era el límite.

Me entregaba con entusiasmo a mis actividades y estaba ávido de aprender cosas nuevas y demostrar que sí podían contar conmigo aunque no tuviera el conocimiento necesario en ese momento.

Gradualmente mi entusiasmo fue muriendo producto de las circunstancias de cambio en la compañía y de mi falta de adaptación ante el nuevo ambiente de trabajo.

En ese momento deposité toda mi frustración sobre la compañía, como forma de expresar mi resentimiento ante su falta de humanidad por los cambios realizados.

En ese momento no supe asimilar que las circunstancias a mi alrededor no dependían para nada de mí, por lo que nada ganaba con “castigar” a la compañía en la forma de despreciar olímpicamente todas las nuevas reglas.
Me consideraba un moderno Gandhi: protestaba de forma pacífica y silenciosa.
Y peor aún: nadie se daba cuenta o a nadie le importaba. En especial a la compañía.

Mi método de exteriorizar mi reproche era el de circunscribirme a hacer mi trabajo, sin esperar nada más: iba totalmente a la deriva, braseando apenas para no ahogarme.

Cualquier oportunidad de promoción era automáticamente desechada por mí y me limitaba a encerrarme en mi “concha”.
Pero eso sí: armaba mis abanicos con eficiencia y esmero… pero que no se les ocurriera pedirme más.

Nunca saqué de mi bolsillo para pagarme un entrenamiento, ya que consideraba que la compañía era la que tenía la responsabilidad de pagar por mi capacitación… como si el beneficio fuera sólo para ella.

La única vez que intenté pagar por un curso la compañía me envió a mitad del mismo fuera del país por quince días.
Al regresar del viaje sólo traía 5 libras más de sobrepeso y una total amnesia con respecto a mis antiguas ansias de pagarme mi propio entrenamiento.

Después de 14 años la compañía decidió un buen día prescindir de mis servicios por “reducción de personal”: se estaban adaptando a la crisis de turno.

Cuando estuve en la calle me di cuenta de que a ninguna compañía le interesan los hombres que arman abanicos, y menos los que lo hicieron – como en mi caso – por catorce años.

Fue en ese momento en el que me di cuenta de que no tenía catorce años de experiencia: lo que tenía era un año de trabajo repetido catorce veces.

Durante esos catorce años hice las mismas cosas una y otra vez; durante esos catorce años me concentré en hacer bien mi trabajo… pero nunca evolucioné.

Durante catorce años esperé que la empresa invirtiera en mi, mientras que la persona mas beneficiada se negaba a gastar un solo centavo en su propia evolución.

Sin embargo cada día de mi vida le doy gracias a Dios por haberme llevado por la ruta del despido hacia el destino del autodescubrimiento.

He descubierto que ahora soy mas sabio que como nunca lo fui durante esos catorce años; y ahora soy mas consciente de que entre mas gaste en mi mente; mas la misma llenará mis bolsillos.

Y no me refiero sólo al conocimiento “per se”, sino a una total redefinición de mis paradigmas, por lo que ahora la vida – a pesar de las tribulaciones y del precio que estoy pagando por mis pasadas acciones y omisiones – la veo mas brillante y a todo color: durante catorce años mi vida fue en blanco y negro.

Ahora la certeza a desaparecido de mi vida y para mí en cada día contiene sorpresas de todo tipo, las cuales le dan un sabor exótico y emocionante a mi vida, antes desconocido.

Nunca más seré esclavo de una compañía y ahora aspiro a más: yo pondré mis propias condiciones y seré lo suficientemente humilde para reconocer las oportunidades; y para aprender de los maestros que diariamente tenemos a nuestro alrededor, pero en los cuales nunca antes había reparado por encontrarse mi vista cegada por la venda de la mediocridad y la rutina.

Haré lo que tenga que hacer para poder alcanzar mis sueños y si ello implica volver a trabajar gustosamente lo haré con la plena seguridad de que ello sólo constituye un escalón mas en la consecución de mis nuevos sueños.

Nuevamente recuperé esa ansia de aprender y sé que para ser algo más que un armador de abanicos, tengo que prepararme y tener el carácter necesario para no derrumbarme bajo el gigantesco peso de mis nuevas circunstancias.

Por ahora, sólo me queda pensar en el hombre que armaba abanicos en el almacén que acabo de abandonar y sólo deseo que el mismo no demore catorce años – como sucedió conmigo – para darse cuente de que la vida es algo más que armar abanicos.

Aunque seas el mejor en ello.

Autor: Yohel Amat

domingo, 9 de agosto de 2009

El Cliente “Pesadilla”

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A mi edad tengo una mala opinión del ser humano, cuya capacidad para el mal, para infligir dolor o abusar de los débiles es infinita. – Pacoyo

Una de los principios fundamentales de todo negocio exitoso generalmente es que el cliente siempre tiene la razón.
Sobre ese tema ya hemos hablado en columnas anteriores y por ello no nos extenderemos más al respecto.

Sin embargo también se ha dicho que la verdad no es absoluta y que siempre hay excepciones.
En el campo de las relaciones entre las empresas y sus clientes ello es así.

Generalmente entre una relación compañía – cliente se asume que el villano siempre es la compañía.
Sin embargo en muchos casos el cliente es el elemento conflictivo y el cual actúa de mala fe y con toda la intención de aprovecharse de la situación.

Se trata de un cliente – gracias a Dios la minoría – que pareciera que su único objetivo es dedicarse a abusar de toda compañía o persona que tenga la desgracia de entrar dentro de su órbita de influencia.

Generalmente se trata de empresas grandes y poderosas, las cuales por su solo tamaño con el tiempo desarrollan una conducta de avasallamiento hacia todo aquel que se deje.

Son entes o personas que no les importan los contratos escritos y menos aún la palabra dada.
Se dedican a “torcer” el significado de las cláusulas de sus contratos de manera que justifiquen sus acciones, apelando siempre a la sumisión de su proveedor.

Sus víctimas preferidas son las empresas nuevas, las cuales generalmente está desesperadas por conseguir nuevos clientes, y por ello muchas veces se dejan avasallar, en especial si el cliente es grande en términos económicos y de poder, buscando con ello referencias de clientes importantes.

El campo adecuado para su accionar es el de la prestación de servicios, ya que hacen uso de cualquier excusa para atrasar el pago por sus servicios o mensualidades.
Aunque no tengan la razón - y aunque no estén amparados por su contrato - ellos siempre tratarán de exprimir al máximo a su proveedor por el simple placer de jugar con su dinero.

Con este tipo de clientes nunca se quedará bien y aunque se apliquen con ellos todos los principios aceptados de servicio al cliente, el mismo siempre se considerará mal atendido y de esa forma abusará del proveedor.

En su afán de conservar clientes como estos – aparentemente son importantes para sus cifras de ingresos – las compañías pasan por alto que si hicieran un balance de todo el tiempo y recursos invertidos en atender clientes como estos, lo más probable es que el balance sería negativo para la compañía.

La única forma de contrarrestar sus efectos es por medio de un buen abogado que revise la redacción de todos los contratos que la compañía celebre, de manera que sean “a prueba de pesadillas”.

Adicional a ello, sería buena idea ver cada posible relación contractual de la misma forma que una boda. Nadie se casa con una persona que no conoce y de ser posible a profundidad.

Por ello es buena idea no dejarse llevar por las apariencias y hacer una prolija investigación del prospecto de cliente, poniendo especial énfasis en las referencias del mismo, y no solo de las financieras, sino de las de sus relaciones con otras compañías.
Y de ser posible del mismo ramo de la suya.

Ahora, en el caso de que ya haya cometido el error y se encuentre ya en medio de una “tormentosa” relación, entonces lo mejor es tratar de conversar y definir exactamente cuales son los términos de la relación y dejar claramente definido que el contrato debe ser respetado. Y esperar el ansiado día del vencimiento del contrato, ya que como en la vida real, los divorcios salen caros.

En la mayoría de los casos habrá que recurrir a términos enérgicos e inclusive a un abogado para demostrarle al “cliente pesadilla” que no estamos dispuestos a permitir que se irrespete el contrato.
Siempre el mismo deberá ser el sujeto primario de atención, ya que en él se plasman los términos de la relación y será nuestro escudo contra los avances del problemático cliente.

Nunca dudemos en ejercer nuestros derechos – por supuesto si antes ya lo hemos hecho con nuestros deberes – ya que aunque usted no lo crea en ese momento, a veces se gana mas perdiendo un cliente que conservándolo.

Es mejor estar solo que mal acompañado.

Autor: Yohel Amat

lunes, 22 de junio de 2009

Las 48 Leyes del Poder: Ley No. 7 - Logre que otros trabajen para usted, pero no deje nunca de llevarse los laureles

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Tal y como lo definimos en la introducción de esta serie de 48 artículos - véase el enlace http://yohelyav.blogspot.com/2009/06/las-48-leyes-del-poder-el-inicio-de-una.html - el propósito es analizar en su totalidad "Las 48 leyes del Poder".
Hoy vamos a seguir con la Ley número 7.

Ley Número 7: “Logre que otros trabajen para usted, pero no deje nunca de llevarse los laureles”

“Utilice la inteligencia, los conocimientos y el trabajo físico de otros para promover su propia causa. Ese tipo de ayuda no sólo le permitirá ahorrar mucho más tiempo y energía, sino que le conferirá un aura divina de rapidez y eficiencia. A la larga, sus colaboradores serán olvidados y todos se recordarán a usted. Nunca haga lo que otros pueden hacer por usted.”

Esta ley es descarada, hay que admitirlo. Sin embargo, durante mis mas de 23 años de vida laboral vi su aplicación decenas de veces.
Y principalmente por personas con mando, ya que ese es el vehículo que las mentes estrechas utilizan para escalar en la estructura jerárquica de las compañías donde laboran.

Aparentemente es despreciable la ley pero sin embargo nunca se puede descartar del todo, ya que si se cuenta con subordinados mediocres o sin aspiraciones ¿Por que no utilizar su trabajo para que otros que si lo deseamos, podamos escalar?

Ahora, de esta ley saco algo que es muy valioso y que muy poco practican: el arte de delegar.

En muchas ocasiones emprendedores y empleados de mando de todos los niveles cometen un error mortal que afectará el posible crecimiento y expansión de sus empresas o compañías o sus posibilidades de ser promovidos, en el caso de los que son empleados.
Esto es tratar de hacer todo ellos mismos.

Dice el diccionario con respecto a la palabra delegar: “Dar a una persona la facultad o el poder para que la represente y los ejerza en su nombre”.

Para los efectos de nuestra disertación, delegar significa pasar el trabajo superfluo o banal a subordinados para que se encarguen de hacer las tareas correspondientes mientras usted se dedica a las cosas importantes y urgentes.
De esa manera su eficiencia aumentará ya que no desperdiciará su tiempo en banalidades sino en actividades que aumenten el rendimiento, utilidad y valor de la actividad a la que se dedique.

Aquellas personas que actúan bajo la premisa que reza “Para que las cosas se hagan bien hay que hacerlas uno mismo” están cometiendo un error garrafal, ya que están desperdiciando su valioso tiempo en actividades que otras personas pudieran hacer.

Ilustraré esto con un ejemplo: en una ocasión tenía una empresa como cliente, cuya gerente todo lo quería hacer por ella misma.

En un momento dado había que comprar equipo especializado de comunicaciones – rama que ella no dominaba, por supuesto – y dicha gerente decidió salir ella misma a comprar los equipos; saltando de tienda en tienda buscando el mejor precio. Todo ello a pesar de que había departamento de compras.

Cuando nosotros llegamos el Presidente de dicha compañía estaba furioso, ya que se había pasado toda la mañana tratando de reunirse con la gerente y la misma se encontraba de “shopping”.

Aparentara que ella estaba actuando correctamente, ya que estaba haciendo dos cosas: buscando un mejor precio y demostrando que le interesaba hacer su trabajo.

Sin embargo el Presidente de la compañía – en medio del disgusto que tenía – razonaba así: “¿Cuanto le cuesta a la compañía la hora de trabajo de esta señora?”
Este razonamiento está lleno de sabiduría: ¿Cuanto le costaba a la compañía una hora de trabajo de esta funcionaria? Por supuesto que mucho mas que el que se le pagaba a los empleados encargados de las compras.

Ella ganaba mas, porque se le pagaba para hacer un trabajo que solo ella sabe hacer; y no para que gastara su valioso tiempo en cosas que cualquiera otra persona podía hacer. He allí el meollo de mi disertación.

Si usted no aprende a delegar, entonces nunca podrá organizar un equipo de trabajo eficiente que sea su soporte mientras usted planifica; analiza; y toma decisiones, que es para lo que usted le pagan; o lo que representa su principal función en su empresa.
Siendo así usted deberá tener la suficiente fe - si otros han podido, ¿Por qué usted no? – en que podrá armar un grupo de trabajadores de su confianza que le asisten en las nimiedades.

Ahora, los principales argumentos que se esgrimen para invalidar lo anteriormente planteado son los siguientes:

  • Falta de confianza en las capacidades y en la honradez de los subalternos: bajo este esquema se esconde una sola cosa: miedo. Miedo a que el subalterno nos robe; miedo a que aprenda secretos de la compañía y que en el futuro se convierta entonces en nuestra competencia; etc.. Usted nunca debe actuar bajo la premisa de que todo el mundo es incapaz o deshonesto ya que ello implicaría un encasillamiento que lo único que causa es que usted y su empresa vivan limitados
  • Falta de capital o resistencia a invertir en subalternos: por supuesto que si su empresa es nueva, lo mas probable es que usted sea un “hombre orquesta” al inicio, ya que no contará con el suficiente capital para contratar todos los empleados que se necesitan. Pero si al crecer su empresa usted sigue pensando así nunca va a crecer lo que pudiera, debido a que todo lo hace usted. En cuanto se pueda sería bueno que usted contratara personal idóneo que le sirva de soporte.

Hay que tener bien claro que usted debe ser dueño de su propio sistema y no de su propia empresa, ya que de otra forma usted no es esclavo de un salario, pero si de una empresa… aunque sea la suya.

Ello implica que si usted se retira una semana de su negocio y el mismo se paraliza, ello quiere decir que usted es esclavo de su empresa y que la misma existirá mientras usted esté pendiente de ella.
De ser así usted deberá diseñar una forma adecuada de ir delegando funciones, de manera que le permita en un momento dado disfrutar de los frutos de todo su esfuerzo pasado y diseñar nuevas estrategias de negocio que le permitan seguir creciendo.


Autor: Yohel Amat